A pesar de los años, Lucía Murat se siente deudora de la generación del 68. Gran parte de lo que hace y piensa se ancla en aquellos años en que Glauber Rocha en Brasil y Titón en Cuba, abrían infinitas posibilidades de existencia a todo un movimiento. Con 20 años se unió a la guerrilla brasileña y fue llevada a prisión en plena dictadura. Como a muchos de los grandes realizadores latinoamericanos, esos caminos la llevaron directamente al cine. Hoy, el mundo entero la reconoce entre los cineastas más consagrados de la prodigiosa cinematografía brasileña.
La autora de Maré, una historia de amor, vino esta vez a evaluar las mejores obras de Ficción del concurso. ¿Cuándo dice: «esta película es buena»?
Cuando me toca el corazón. Lo más importante en una película es que tenga vida, que sea profunda y que te marque definitivamente. Es la primera vez que vengo de jurado, pero conozco este Festival. Las películas que se presentan aquí son las mejores películas latinoamericanas del año. Para mí es muy interesante siempre porque encontramos un panorama muy general de cómo anda no solo el cine latinoamericano, sino lo mejor del cine latinoamericano. Muchas de las que se exhiben este año ya han estado en importantes festivales como el de Berlín o el de Cannes.
Usted pertenece a una generación muy cercana a la que vio nacer el Nuevo Cine Latinoamericano. ¿Por qué caminos anda hoy este movimiento, si cree que lo podemos considerar como tal? ¿Dónde están su fuerza y sus debilidades?
Nuevo Cine Latinoamericano es un nombre que tiene 30 años; pero para mí es una cuestión de historia. Todo el mundo no lo logra ver así porque no tienen la edad que tengo. Cuando estábamos en los 60, el cine tenía una carga de denuncia muy fuerte, pero hoy la fuerza viene de la diversidad, de los jóvenes que tienen nuevas preocupaciones, que viven en nuevos tiempos. Buscan la «autoralidad», la profundidad, buscan comprender. Y aún tenemos un problema de distribución muy fuerte, porque la industria americana tiene un gran peso.
¿Qué aporta Brasil a este panorama?
Hacemos unas 50 o 60 películas al año. Brasil es un país muy diversificado, tiene culturas muy diferentes y eso es precisamente lo más importante que aporta: que no se quede estancado en lugares comunes. Evidentemente, el tema de la violencia en las ciudades es un tema muy fuerte.
Algunos de sus trabajos, como el documental O Olhar Estrangeiro, que hizo hace muy poco, indagan sobre la visión de Brasil que sostiene el cine foráneo, sobre todo enfocado hacia el tema de género. ¿Cuánto puede el cine latinoamericano transformar estas visiones? ¿Cómo valora la presencia femenina en el cine que se hace en nuestros países?
Ese es un documental que me gusta mucho pero lo hice casi por broma. Y precisamente por este tema de las mujeres. A las mujeres brasileñas nos pasa como a las cubanas, somos clichés, incluso entre los intelectuales, pero sobre todo en el cine menos autoral…que no se preocupa mucho por la cultura del otro país. Y eso me irritaba mucho. Es un poco como cine guerrilla: teníamos una cámara y entrevistábamos a la gente en los festivales.
Observo una presencia femenina muy fuerte en nuestro cine. Es curioso cómo en los más importantes festivales internacionales muchos se sorprenden y preguntan: «bueno, ¿cómo en esa Latinoamérica machista pueden las mujeres destacarse tanto en el cine, si nosotros somos más?». Y lo cierto es que tenemos más mujeres trabajando en películas que en Europa y que en Estados Unidos. No era así en los años 70 y 80, pero hoy hay una cantidad y una calidad muy grande. Y cada una de ellas imprime su sello y aporta nuevas visiones sobre la realidad que la circunda, visiones propias.
¿Apuesta por el cine de autor en América Latina? ¿Cree que las películas hechas por mujeres se distinguen por ello de las realizadas por hombres?
Creo en el cine de autor porque si se trabaja con la industria te quedas plastificado, como en medio de una rueda en la que no interesa si eres mujer u hombre, homosexual o heterosexual… lo importante es que hagas un trabajo que permita que la rueda siga girando. Y pienso que en el cine de autor tu realidad importa mucho y la comparten mujeres y hombres a la vez, por eso es que no creo que las películas hechas por mujeres sean distintas. Al menos no hoy. En los 80, por ejemplo, sí teníamos en Latinoamérica un colectivo de mujeres que luchaban por una participación en la sociedad y eso influyó un tanto. Tu realidad individual también determina tu obra.
¿La guerrilla y el tiempo en prisión determinaron la suya?
Sí, pero no porque trabajara el tema de las prisiones o algo por el estilo, sino porque a partir de ahí sentía que mi trabajo giraba cada vez más sobre los temas de la violencia, de la tortura, de la sensación de la supervivencia. Desde entonces siempre los tengo presentes, de una forma o de otra. Ahora mismo trabajo en una película de ficción que se llama Sala de espera. Es una reflexión entre dos generaciones: la mía y la de hoy, y estoy trabajando también en dos documentales: uno de ellos trata sobre lo que ha pasado con los indios en Brasil en los últimos 10 años. Esas investigaciones me han aportado mucho.
Usted disfruta su profesión, se divierte con ella…
¡Una película es un mundo! Yo escribo y amo la escritura de cine, adoro las pesquisas. Y el público es una caja de sorpresas, es la mayor satisfacción.
Por Marianela González |